
Algo cambió —y no fue menor— en la manera en que entendemos el malestar. La salud mental dejó de leerse como una historia para comenzar a clasificarse como un conjunto de signos. Pasamos de la profundidad de la biografía humana a la superficie de la categoría estadística. La pregunta es inevitable: ¿en qué momento la psiquiatría dejó de hablar de “enfermedad” —con toda su densidad histórica— para empezar a hablar de “trastornos”? No es solo un cambio de palabras, sino un desplazamiento en la forma de pensar lo que nos pasa.
Hoy predomina una lógica orientada a la rapidez, la eficiencia y la funcionalidad. En este contexto, lo que importa es intervenir pronto, nombrar rápido y restituir al sujeto a su nivel habitual de productividad. Como señala Fabián Schejtman (2013), vivimos en una cultura marcada por la “impaciencia”, donde el objetivo es “devolver al sufriente a su productividad habitual”. El término “trastorno” encaja perfectamente en esta lógica: funciona como una etiqueta técnica que señala que algo no está funcionando como debería y que, por tanto, requiere corrección, muchas veces mediante la clasificación expedita y el recurso farmacológico. Sin embargo, en ese gesto aparentemente neutral, se deja de lado una dimensión fundamental: la historia singular de quien padece.
El modelo diagnóstico dominante tiende a fragmentar el malestar en listas de síntomas observables y medibles. Insomnio, ansiedad, irritabilidad: cada elemento se registra por separado, como propone el DSM-5 (2014). Pero en esa fragmentación se pierde el hilo que articula esos signos. Desde una perspectiva clínica orientada por el psicoanálisis, el síntoma no es un error suelto, sino una forma en la que algo de la vida del sujeto insiste en expresarse. Al descomponerlo, se borra su sentido y se pierde lo que se denomina como la “envoltura formal del síntoma”, ese lugar donde aún se resguarda una verdad subjetiva.
Este desplazamiento también se observa en el abandono de categorías que permitían pensar el conflicto psíquico, como la neurosis, sustituidas por términos más amplios como “ansiedad”. Mercedes Sarudiansky (2012) advierte que esta última funciona como una etiqueta paraguas que nombra múltiples experiencias sin distinguir sus diferencias. En ese movimiento, se diluyen los antecedentes conceptuales y se borra la singularidad del padecimiento. No es lo mismo angustiarse ante una pérdida, una decisión o una exigencia imposible, pero bajo ciertas clasificaciones todo eso puede quedar reducido a un mismo nombre.
Al mismo tiempo, se instala la idea de que el malestar es, ante todo, una disfunción que debe ser eliminada. Sin embargo, no todo lo que duele es un error. En muchos casos, lo que se vive como síntoma es también una respuesta —incómoda, insistente— frente a condiciones de vida que no siempre son habitables. Como sugieren Sierra, Ortega y Zubeidat (2003), la confusión entre angustia y estrés no es casual, sino que forma parte de una lógica que busca estandarizar el afecto para su mejor administración.
Frente a este panorama, otra forma de abordar el malestar implica hacer una pausa. No para negar el diagnóstico, sino para no reducir la experiencia a él. Se trata de detenerse ante aquello que no encaja del todo en las categorías disponibles. En ese gesto, la práctica clínica se aproxima también a una labor de reconstrucción: recuperar la narrativa que los manuales tienden a simplificar o editar.
El diagnóstico puede ser útil como punto de partida. Pero no debería convertirse en el límite de lo que una persona es.
Referencias
Asociación Americana de Psiquiatría (2014). Guía de consulta de los criterios diagnósticos del DSM-5. Arlington, VA: American Psychiatric Publishing.
Sarudiansky, M. (2012). Neurosis y ansiedad: antecedentes conceptuales de una categoría actual. IV Congreso Internacional de Investigación y Práctica Profesional en Psicología. Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires. Buenos Aires.
Schejtman, F. (Comp.). (2013). Psicopatología: clínica y ética. De la psiquiatría al psicoanálisis. Buenos Aires: Grama Ediciones.
Sierra, J. C., Ortega, V., & Zubeidat, I. (2003). Ansiedad, angustia y estrés: tres conceptos a diferenciar. Revista Mal-estar e Subjetividade, 3(1), 10-59.
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